El día en que un dolor de cabeza me tumbó en NY

El día inició muy bien... En el Lincoln Center esperamos a una amiga antes de ir al Whitney Museum.
El día inició muy bien… En el Lincoln Center esperamos a una amiga antes de ir al Whitney Museum.
Este fue el jarabe que tomé para el dolor.
Este fue el jarabe que tomé para el dolor.

Estoy a mitad de mis vacaciones y todo pinta para ser un lindo día en Nueva York. Me levanto, me baño, me plancho el pelo porque me ando en el mood, me pongo una minifalda y una blusa que dice “Find your happy place”, después salgo a la carrera porque quedé de verme con Ana en Columbus Circle a las 12:00 y el tiempo se va volando en esta ciudad. Tomé la línea D y me deja directa

mente en el sitio dedicado a Cristobal Colón, donde están platicando bajo un radiante sol septembrino Ana y Cynthia, otra amiga que vive en esta ciudad. Platicamos un rato y como Ana iba a ver a Carolyne a las 2, Cynthia y yo optamos por irnos al Whitney Museum, donde está una exhibición de Jeff Koons, que me encanta por su rollo pop, kitsch, porn, lúdico, todo junto.

Tomamos un bus que nos cruza Central Park y caminamos unas cuadras para llegar al museo. Ahí siento una pequeña molestia en la cabeza, pero no voy a parar mi día, así que seguimos para ver la obra. Pamela Anderson se nos cruza a la salida.
-¿Es Pamela Anderson?, le pregunté a Cynthia.
-Yo no sé mucho de eso, contestó.
-Le voy a tomar una foto de todas maneras…. Sí es. Es flaca, güera, pero con tremendas bubis.

Después de observar a esa rubia caminar con su gente nos salimos y Cynthia sugiere tomar un café en un museo austriaco-alemán cerca de ahí.

Mi dolorcito de cabeza ahí sigue, pero fumo un cigarro (no vaya a ser que me duela porque no he fumado) y un chico rubio europeo se acerca a platicar con nosotras y se invita a acompañarnos. Ya en el restaurante con una envidiable vista a Central Park le pedimos café al mesero y yo luego camino a la barra de postres para terminar ordenando un pastel de chocolate con mousse de avellanas, ¡qué delicia!

Son casi las 5, pero nuestro tiempo en el café es breve porque yo había quedado de ver a otra amiga, Mayela, a las 6 en el desfile de Ricardo Seco, que estaba programado en una de las torres del WTC. Mientras tomo una línea verde del metro mi dolor de cabeza empieza a ser más fuerte, pero tengo los minutos contados para llegar al evento por lo que trato de ignorar ese taladro interior. Aunque en Monterrey siempre cargo con pastillas, justo este día no traigo el pastillero (cómo lamenté haberlo dejado en el departamento, en Brooklyn).

En el desfile saludo a la preciosa Mayela, quien luce radiante casi un mes antes de su boda, y me siento grosera por pedirle medicina para el dolor, que ya escaló a nivel casi insoportable. Se va a backstage a hacer retoque y a ver si alguien puede ayudarme, mientras yo platico con algunos invitados al desfile (lamentablemente no hay suerte, ni pastillas).

La vista desde esta torre es espectacular y encaja con los looks urbanos de los modelos que hacen su labor de mostrar la colección para mujer y hombre, pero no puedo disfrutar el momento. Apenas termina el desfile me despido y busco una farmacia porque el dolor me tiene temblando. Afortunadamente a unas cuadras encuentro un Duane Reade, aunque se me hace eterno llegar a donde está el anaquel con las medicinas del dolor.

Ok, es Estados Unidos, así que cualquier cosa que encuentre en una farmacia no será extrema si no tengo receta. Me topo con unos “shots” que prometen alivio instantáneo para el dolor (boom, boom, la cabeza parece tener un taladro por dentro). Pago la medicina más un bote de agua y mientras torpemente abro el empaque siento que sudo frío, así que cruzo la calle a un parque, donde agarro la primera banca para sentarme.

Maldita sea! El temblor me dificulta abrir la botellita, hasta que después de eternos segundos logro abrir el frasco para tomarme el líquido sabor Berries. Mi mente se nubla y pienso si el dolor de cabeza no será algo peor, así que le hablo a Ana para avisarle dónde estoy y cómo me siento. Obviamente, al escuchar mi voz desesperadamente llorosa me sugiere hablar al 911, pero sólo le contesto que el efecto de la medicina debe empezarse a sentir pronto porque prometía alivio al instante.
– Ok, toma un taxi y vete al departamento, ahí te alcanzo, me dice Ana.
– Sí, lo haré, pero ahorita no me puedo mover, le contesto mientras estoy echa una bolita en la banca.
– ok, entonces ahí quédate. Dime dónde estás, voy para allá.
De reojo veo que estoy en el cruce de Broadway y Park y se lo digo. Cuelgo y empiezo a llorar de dolor, desesperación, también porque tengo miedo de que me pase algo peor. Hago repaso mental y concluyo que no estoy cruda, me he alimentado bien, tomé suficiente agua… ¿Por qué este dolor tan fuerte?
En eso llegan un chavito y su amiga. Ambos traen backpacks y ropa relax.
– Estás bien? Quieres un abrazo?, me pregunta él en inglés al verme llorando.
– No, no estoy bien y no quiero un abrazo, le contesto. No aguanto la cabeza, pero ya tomé medicina, así que ahorita se me pasa.
Se sientan a mi lado y empiezan a platicar que son europeos haciendo summer camp, como para distraerme, pero el dolor no me deja ni siquiera sentarme derecha, el estómago se me empieza a revolver, me dan náuseas. Me dice la chica que hay un Starbucks cerca, por si quiero ir al baño, pero estoy esperando a Ana. Me paro rumbo al Café y no puedo evitar el vómito en pleno parque. ¡Qué asco! ¡Una rata salió corriendo justo donde guacarié!
– Ya te vas a sentir mejor, me dice la chica con un rostro preocupado.
– No sé, me sigue doliendo la cabeza, le contesto y mi estómago me vuelve a traicionar.

Todavía sin enderezarme veo que Ana viene caminando y siento una alegría inmensa de verla. Es como ver la luz del sol después de una noche de terror.

-Gracias por acompañar a mi amiga, les dice Ana, mientras me abraza.
Le pido que vayamos al Starbucks pero Ana piensa que es mejor tomar el taxi a su casa, a menos que quiera ir al hospital, donde mínimo pagaré una cuenta de 2 mil dólares por una inyección. La conclusión es: me aguanto.

Me sentía noqueada rumbo a Brooklyn, y apenada por la molestia que estaba causando. Llegamos al depa, me puse la pijama y me acuesto, mientras Ana prepara algo de cenar.

El dolor no se fue, pero se volvió soportable por la noche. Seguí con otro shot más mis pastillas y fue hasta la tarde del siguiente día que finalmente me dejó la punzada.

Moralejas:
1. Nunca debo olvidar mis pastillas, ni dejar que el dolor se vuelva insoportable.
2. Comprar un seguro de viaje siempre.
3. Si ya tengo seguro, saber qué incluye en casos de emergencia.
4. No está de más avisarle a alguien dónde andas (por si llega a ocurrir algo inesperado).

 

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