Un año de aprendizajes

 

En 12 meses se aprende demasiado. Este 2016 lo empecé viviendo en Monterrey, en la empresa en la que llevaba 23 años, con una familia preciosa, amigos increíbles y con una relación casi perfecta, pues el único defecto era la distancia que nos separaba.

Estaba lista para el capítulo final en el periódico con el que crecí y me desarrollé primero como reportera, luego como coeditora y editora, estaba lista para dejar mi zona de confort, pero no estaba preparada para una vida nueva, con mi ahora esposo, en una ciudad nueva (San Antonio), en un país diferente, con otro ritmo y una felicidad que no había experimentado.

El año se está acabando, y ¿qué aprendí?


1.Hay varios tipos de adiós. 10 meses después de mi salida del periódico he aprendido que las despedidas laborales cuestan menos que las emocionales. Pensé que extrañaría el trabajo de manera enferma, pero no, se queda como un lindo recuerdo. Ha sido más difícil el adiós temporal a mis grupos de amigos, dejar ir mis rutinas, las visitas a mi familia…

2.A confiar en los demás. Siendo tan independiente, me resultaba difícil pedir favores, pero a final de cuentas es en los tiempos difíciles cuando puedo cerrar los ojos y estar tranquila de poder apoyarme en el círculo que me rodea. Eduardo, mis papás, mis hermanos, mi cuñis y mis amigos son mi roca y me lo han demostrado en estos meses.


3.A cambiar el “yo” por el “nosotros”. Si bien amaba la soltería y tenía claro que una relación no me iba a cambiar como persona, al casarme  aprendí a modificar mis prioridades para pensar en la felicidad compartida. Estoy orgullosa de seguir siendo yo, pero una versión mejorada, haciendo lo que está al alcance para hacer feliz a mi nueva familia.

4.A ser maternal. Así como nadie nace sabiendo ser mamá, nadie me dijo cómo convivir con los hijos de mi marido. Posiblemente uno de los retos más grandes que me he topado en mi vida, pues cuando creo que ya tengo la fórmula para hacer que esta familia funcione, se atraviesan los sucesos inesperados que me obligan a reflexionar si soy una buena madrastra.

5.A vivir con menos. Durante los últimos 2 años empecé a liquidar deudas a largo plazo porque sabía que me despediría de mis ingresos fijos por un tiempo. La hipoteca de mi depa está ahora con un banco que me cobra menos intereses, tomo menos café en Starbucks, cambié manicure, pestañas, tratamientos por procedimientos hechos en casa. Ok, todavía voy de compras, no soy mártir.

6.A tener paciencia. Cuando estuve fuera de la empresa, sin pensarlo limpié mi departamento, lo renté, me deshice de mi carro, de mis pertenencias más bromosas. Lo que cupo en una maleta fue lo que traje a San Antonio. Estaba acostumbrada a vivir sin pausas, sin embargo, ahora sé que puedo ser más paciente de lo que pensaba pues mi ritmo es diferente a cuando somos 2, a cuando somos 5. Ni yo me la creo.

7.A que me valga. Vivir siempre con reglas afecta en tantas maneras!!!  Este año tomé decisiones sin importarme el qué dirán, y aunque suene tonto me di permiso de fallarle al ejercicio y a la dieta. Lo siento, tengo muchas cosas en la cabeza y estar en forma no está en las prioridades. No quiere decir que me vale todo, simplemente hice un break para restablecer prioridades.

8.A ser frágil. Por primera vez desde que dependía de mis papás no siento pánico de fracasar, de tropezar, de ser vulnerable, pues hay alguien que está ahí para recordarme que está bien ser fuerte pero también débil. Las cargas pesadas se sienten más ligeras cuando se comparten.

9.A conocer una nueva cultura. Aunque vine a San Antonio muchísimas veces, nunca me había tomado el tiempo de conocer la ciudad, la cultura, su arte, su gente, su comida. ¡De todo lo que me había perdido!

10.A expandir mis horizontes. La nueva ciudad me ha obligado a replantear qué quiero para mi futuro profesional-personal. ¿Estoy lista para cambiar, para crear? ¿Quiero seguir haciendo lo mismo? ¿Está bien dedicarme a otra cosa? Es un hecho, me encanta ayudar a mi arquitecto.

11.A ser agradecida. Probablemente podría quejarme por lo que ya no tengo, pero prefiero estar feliz por lo que ahora me rodea y por lo que quedó atrás. Todo depende del cristal con que se mire.

12.A empezar de 0. Ya no estoy en mi zona de confort, todo es nuevo, todo es un reto, pero no ha pasado ni un año, así que falta demasiado por recorrer. Si me caigo, me levanto. Se vale.

Sin embargo, en este tiempo sigo sin aprender la fórmula para no extrañar. A veces ni Facebook, ni FaceTime, ni el teléfono pueden curar ese vacío de mis seres queridos que siguen haciendo su vida a cientos de kilómetros de distancia… No me arrepiento de nada, pero mi corazón se arruga de vez en cuando al pensar en ellos. Me pregunto si hay manera de curar esto.

Ay, 2016, ¡cómo me has enseñado!


 

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